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Cambio climático: qué está pasando, por qué y qué podemos esperar

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Cambio climático: qué está pasando, por qué y qué podemos esperar

En los últimos 800.000 años, la atmósfera nunca había contenido tanto CO2 como ahora. Ningún periodo glacial ni ningún periodo cálido entre glaciaciones se acerca a los niveles actuales. Y eso, más que cualquier debate, es lo primero que conviene entender: no hablamos de una opinión, sino de una medición.

El cambio climático es uno de esos temas de los que todo el mundo ha oído hablar, pero pocos podrían explicar con precisión. ¿Qué lo causa exactamente? ¿Cómo se sabe que está pasando? ¿Qué nos jugamos de verdad? Vamos a repasarlo con calma, con los datos más recientes sobre la mesa.

Qué es, en realidad, el cambio climático

El efecto invernadero no es el problema: es lo que hace posible la vida tal como la conocemos. Ciertos gases de la atmósfera —vapor de agua, CO2, metano— retienen parte del calor del sol y evitan que escape al espacio. Sin ellos, la temperatura media del planeta rondaría los -18 °C.

El problema aparece cuando añadimos gases de efecto invernadero muy por encima de lo que el planeta puede absorber de forma natural. Cada tonelada extra de CO2 retiene un poco más de calor, y esa diferencia, sumada año tras año, se traduce en el calentamiento que hoy se mide con precisión desde satélites, boyas oceánicas y miles de estaciones meteorológicas repartidas por el mundo.

Por qué está ocurriendo ahora

La causa principal tiene nombre y apellido: la quema de combustibles fósiles —carbón, petróleo y gas— junto con la deforestación a gran escala. Ambas actividades liberan a la atmósfera un carbono que llevaba millones de años almacenado bajo tierra o fijado en los bosques.

El resultado se puede seguir con exactitud en el observatorio de Mauna Loa (Hawái), que mide la concentración de CO2 de forma ininterrumpida desde 1958.

Antes de la Revolución Industrial, la atmósfera tenía unas 280 partes por millón (ppm) de CO2. En 2026 esa cifra ronda ya las 430 ppm: más de un 50 % de aumento, y el nivel más alto en al menos 800.000 años.

Lo llamativo no es solo la cantidad, sino la velocidad. El CO2 se acumula hoy unas cien veces más rápido que en cualquier proceso natural registrado al final de las glaciaciones. Los ciclos naturales del clima —variaciones solares, erupciones volcánicas— existen, pero no explican ni de lejos un cambio de esta magnitud en tan poco tiempo.

Los datos que confirman lo que está pasando

No hace falta especular sobre si el planeta se está calentando: se puede comprobar con datos consolidados de varias agencias independientes —Copernicus, NASA, NOAA, la Organización Meteorológica Mundial— que coinciden en lo esencial.

  • 2024 fue el año más cálido jamás registrado, con una anomalía que superó por primera vez los 1,5 °C respecto a la era preindustrial. Los últimos once años (2015-2025) son, todos ellos, los once más cálidos desde que existen registros fiables, allá por 1850.
  • Los océanos absorben más del 90 % de ese exceso de calor, y llevan tres años consecutivos batiendo récords de calor acumulado.
  • El hielo marino del Ártico alcanzó en marzo de 2025 su mínimo invernal en 47 años de mediciones por satélite.
  • El nivel del mar ha subido unos 10 cm desde 1993, y el ritmo se ha duplicado: de poco más de 2 mm al año entonces a unos 4,5 mm al año en la actualidad.

El promedio de 2023 a 2025 fue el primer trienio de la historia en superar los 1,5 °C de calentamiento respecto a la era preindustrial, el límite que el Acuerdo de París fijó como referencia a no cruzar.

Cómo nos está afectando ya

El cambio climático no es una amenaza abstracta para el futuro: ya se nota en la vida diaria de millones de personas, aunque de forma muy desigual según la región.

Los fenómenos meteorológicos extremos son más frecuentes e intensos. Los estudios de atribución climática permiten calcular cuánto más probable es cada suceso por culpa del calentamiento: la ola de calor que vivió España a principios de agosto de 2025, con una anomalía superior a los 4 °C durante dos semanas, fue unas 40 veces más probable de lo que habría sido sin cambio climático.

En el terreno de la salud, el calor extremo y la contaminación asociada elevan los casos de enfermedad cardiovascular y respiratoria, mientras que mosquitos como el Aedes aegypti amplían su territorio y, con ellos, enfermedades como el dengue.

También hay una factura económica cada vez más visible: solo la pérdida de productividad laboral por calor extremo podría restar entre un 1,4 % y un 2,6 % al PIB mundial cada año en un escenario de emisiones altas, sin contar los costes sanitarios ni los daños directos de las catástrofes.

Los fenómenos meteorológicos extremos provocaron en 2024 el mayor número de nuevos desplazamientos de población por motivos climáticos desde que existen registros comparables, en 2008.

Qué nos espera si no cambiamos el rumbo

Aquí está la parte más importante: el futuro no está escrito. Depende, casi por completo, de cuánto sigamos emitiendo a partir de ahora. La ciencia climática no ofrece una única predicción, sino varios escenarios ligados a distintas trayectorias de emisiones.

Con las políticas climáticas actualmente en marcha, el planeta se encamina hacia un calentamiento de entre 2,7 y 3,2 °C para finales de siglo. Si se cumplieran los compromisos más ambiciosos y las emisiones netas de CO2 llegaran a cero a mediados de siglo, ese aumento podría quedarse entre 1,4 °C y 1,8 °C. En el extremo opuesto, si las emisiones siguieran creciendo sin control, algunos escenarios sitúan el calentamiento por encima de 3,5 °C —aunque en los últimos años la comunidad científica ha revisado a la baja la probabilidad de los escenarios más extremos que se manejaban hace una década.

Cada fracción de grado importa porque el sistema climático no responde de forma lineal: tiene puntos de inflexión, umbrales a partir de los cuales ciertos cambios se vuelven prácticamente irreversibles a escala humana.

Entre 1,5 °C y 2,5 °C de calentamiento adicional, el riesgo de cruzar puntos de inflexión —como la pérdida irreversible de los casquetes de hielo de Groenlandia y la Antártida occidental, o el deterioro grave de los arrecifes de coral— pasa a ser alto, según el informe de síntesis del IPCC.

La otra cara: motivos reales para no rendirse

Con todo esto, es fácil quedarse solo con la parte sombría. Pero hay una noticia que rara vez se cuenta con el mismo énfasis: la transición energética ya está en marcha, y avanza más rápido de lo previsto hace apenas unos años.

La energía solar y eólica son hoy, en la mayoría de mercados, tan baratas o más que construir nuevas centrales de combustibles fósiles. La inversión mundial en energías limpias duplica ya a la que se destina a petróleo, gas y carbón.

En la última cumbre del clima, la COP30 celebrada en Belém (Brasil) en noviembre de 2025, 194 países reconocieron por primera vez, en un texto conjunto, que la transición hacia un modelo bajo en emisiones es irreversible. No se logró un calendario para abandonar los combustibles fósiles —una de las grandes decepciones del encuentro—, pero sí se acordó triplicar la financiación para adaptación de aquí a 2035 y crear un mecanismo de transición justa para los trabajadores del sector energético.

Nada de esto garantiza que se vaya a limitar el calentamiento a 1,5 °C. Pero sí muestra que la dirección del cambio ya no depende de si la tecnología o la economía lo permiten —eso ya está resuelto—, sino de la velocidad a la que gobiernos, empresas y sociedad decidan aplicarlo.

En resumen

El cambio climático no es una hipótesis: es un fenómeno medido, documentado y explicado por la física más básica. Se sabe qué lo causa, existen instrumentos para observarlo con precisión creciente y, por primera vez, se dispone de las herramientas económicas y tecnológicas para frenarlo.

Lo que todavía está por decidir es el ritmo. Y ese ritmo, a diferencia de las leyes de la física, sí depende de decisiones humanas.

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