Fusión, satélites solares y renovables: la carrera real hacia la energía ilimitada
Por Sergio6 min de lectura56 lecturas

El sueño de la energía infinita
Casi toda la historia de la humanidad gira, de un modo u otro, en torno a la energía: cuánta se tiene, de dónde sale y qué hay que sacrificar para conseguirla. La idea de una fuente limpia, abundante y casi gratuita —una especie de línea de meta energética— lleva décadas alimentando tanto la ciencia como la ciencia ficción.
Hoy esa carrera avanza en dos frentes muy distintos. Por un lado, la búsqueda de un salto tecnológico que cambie las reglas del juego: la fusión nuclear y la energía solar captada desde el espacio. Por otro, el avance mucho más silencioso —pero ya real y medible— de las energías renovables convencionales. Entender en qué punto está cada uno ayuda a responder la pregunta de fondo: ¿hacia dónde vamos realmente?
Fusión nuclear: construir una estrella en la Tierra
La fusión es el proceso que hace brillar al Sol: dos núcleos de hidrógeno se unen bajo temperaturas extremas y liberan una cantidad de energía descomunal, sin apenas residuos radiactivos de larga duración y sin riesgo de fusión del núcleo como en las centrales actuales. Es, desde hace más de sesenta años, el santo grial de la energía.
El proyecto público más ambicioso es ITER, en el sur de Francia, con 35 países implicados. Su calendario actualizado apunta a un primer plasma a mediados de la década de 2030 y a la fusión completa de deuterio y tritio no antes de 2039. ITER, además, no generará electricidad: es un experimento para demostrar que la física y la ingeniería funcionan a gran escala.
El cambio real de los últimos años viene del sector privado. Commonwealth Fusion Systems construye su reactor SPARC en Massachusetts, y Google y la energética Eni ya se han comprometido a comprar la energía de su futura planta en Virginia. Helion Energy, respaldada por Sam Altman, firmó en 2023 el primer contrato de compraventa de electricidad de fusión de la historia: se comprometió a suministrar energía a Microsoft desde 2028. A principios de 2026 su prototipo Polaris alcanzó los 150 millones de grados, y la empresa acaba de levantar 465 millones de dólares adicionales.
La inversión privada acumulada en empresas de fusión ronda ya los 10.000 millones de dólares, frente a prácticamente cero hace una década.
Reino Unido ha comprometido 2.500 millones de libras en cinco años para su proyecto STEP, y la Unión Europea ha anunciado un paquete adicional de 5.000 millones de euros. Con todo, conviene ser honestos: ninguna empresa ha entregado todavía ni un solo vatio de electricidad de fusión a una red eléctrica. Los plazos de 2028 son extremadamente ambiciosos, y varios expertos del sector piden cautela, sobre todo con compañías que publican pocos datos revisados por pares.
Energía solar sin nubes ni noches: los satélites
La otra vía de "gran salto" consiste en saltarse el problema de raíz: si el sol siempre brilla en el espacio —sin nubes, sin atmósfera que filtre la luz, sin noche—, ¿por qué no captar la energía allí arriba?
Según JAXA, un panel solar en órbita puede llegar a generar hasta cinco veces más energía que ese mismo panel instalado en el desierto más soleado de la Tierra.
El proyecto más avanzado ahora mismo es japonés. El satélite OHISAMA, del tamaño de una lavadora, tiene previsto lanzarse antes de que termine este mismo 2026. Convertirá la luz solar en microondas y las enviará a una estación receptora en Suwa, con un objetivo inicial modestísimo: apenas un kilovatio, lo justo para una cafetera. El plan a más largo plazo, sin embargo, habla de un array orbital de un gigavatio en unos 25 años.
China avanza en paralelo con su proyecto "Sun Chasing", que ya ha probado transmisión inalámbrica de energía a corta distancia, y con una retórica ambiciosa: uno de sus responsables ha comparado el proyecto con trasladar la presa de las Tres Gargantas a la órbita geoestacionaria. La Agencia Espacial Europea mantiene su programa Solaris en fase de estudio, con financiación de varios cientos de millones de euros, y Estados Unidos prueba tecnologías similares con fines militares.
El obstáculo de siempre ha sido el coste de lanzar al espacio estructuras kilométricas. Eso solo empieza a cambiar ahora, gracias a cohetes reutilizables que podrían abaratar drásticamente el precio por kilogramo en órbita. Las hojas de ruta del sector hablan de proyectos piloto de megavatios hacia 2028-2030, y de las primeras plantas de gigavatios no antes de finales de la década de 2030.
Mientras tanto, la revolución ya está en marcha
Aquí está, probablemente, el dato más revelador de todos. Según el informe World Energy Investment 2026 de la Agencia Internacional de la Energía, la inversión energética mundial alcanzará los 3,4 billones de dólares este año, un récord histórico.
De esa cifra, 2,2 billones de dólares se destinarán a tecnologías limpias —renovables, redes eléctricas, nuclear, almacenamiento, electrificación—, casi el doble de lo que se invertirá en petróleo, gas y carbón juntos. Es la primera vez que ocurre algo así de forma estructural.
Solo en energías renovables se prevén unos 665.000 millones de dólares en 2026, de los que 365.000 millones corresponden a proyectos solares. El coste de instalar energía solar ha caído alrededor de un 75% en la última década, y todo apunta a que 2026 será el primer año en el que las renovables superen al carbón como principal fuente de electricidad del planeta.
Comparado con esto, los 10.000 millones acumulados en fusión privada —o los, todavía, varios cientos de millones destinados a la energía solar espacial— son una fracción minúscula. No es casualidad que en las noticias aparezcan más avances de renovables que "grandes descubrimientos": ahí es, con diferencia, donde se está moviendo el dinero, y donde ya hay resultados tangibles, año tras año.
¿Existirá ese "gran descubrimiento"?
Es tentador imaginar un momento único —un titular, una rueda de prensa— que resuelva de golpe el problema energético de la humanidad. Pero tanto la fusión como la energía solar espacial cuentan una historia distinta: la de un avance gradual y de hitos concretos, más que la de un descubrimiento repentino.
Tampoco conviene fiarse demasiado de la idea de energía "gratis". En los años 50 se prometió que la fisión nuclear haría la electricidad "demasiado barata para medirla"; nunca ocurrió, porque aunque el combustible fuera barato, construir y mantener las centrales no lo era. Con la fusión podría pasar algo parecido: el combustible —deuterio del agua de mar, litio— es prácticamente inagotable, pero las plantas, el mantenimiento y las infraestructuras seguirán costando dinero. Lo realista no es "coste cero", sino un coste marginal cada vez más bajo.
El escenario más probable para las próximas décadas no es un único ganador, sino varias capas avanzando a la vez: las renovables y el almacenamiento haciendo el trabajo pesado ahora mismo; la energía nuclear de fisión resurgiendo en paralelo, empujada en parte por la demanda de los centros de datos de inteligencia artificial; la fusión entrando en juego, si el sector privado cumple sus plazos, a partir de finales de la década de 2030; y la energía solar espacial como un complemento para usos concretos —zonas remotas, catástrofes, aplicaciones militares— mucho antes de competir a gran escala con la solar terrestre, que ya es barata y masiva.
Las estaciones espaciales, por tanto, no van a sustituir lo que se hace desde la Tierra: se añadirán a ello, para los problemas que la energía terrestre no resuelve bien. El "gran descubrimiento" quizá no llegue nunca como un solo momento, sino como la suma de todos estos pasos, cada uno un poco menos espectacular que el sueño original, pero mucho más real.
Más en Ciencia
¿Te ha gustado? Recibe los próximos
Suscríbete y te avisamos cuando publiquemos algo nuevo. Sin spam, baja en un clic.
Al suscribirte aceptas la política de privacidad. Te enviaremos un correo para confirmar.
Comentarios (0)
- Todavía no hay comentarios. ¡Inaugura la conversación!
Inicia sesión para dejar un comentario.